Luego a algunas personas les da por decir que tenemos el país que nos merecemos, que cada pueblo tiene el gobierno que se merece, que la responsabilidad y la solución la tenemos todos y todas.
Hagan el favorcito de no crear más confusión, ¡por favor!
Esta es otra mentira del sistema patriarcal en el que vivimos. Esta es otra forma en que se vincula la violencia de género con la política y el abuso de poder y control.
Me explico...cuando un hombre le grita a su esposa o compañera que es una inútil, que no sirve para nada, que se merece que la trate mal porque es una .... (ponga aquí las palabras que desde su experiencia sabe pueden se pertinentes), y sus hijos e hijas observan, y la mujer calla para que él no se enoje más, se preserva este mito de que cada quién tiene lo que se merece.
Cuando un servidor público nos dice que si nos toca estar en medio de una balacera lo que debemos hacer es tirarnos al piso; cuando nos dicen que los "indios" de tal o cual lado son pobres por flojos o por que quieren; cuando nos dicen que a las mujeres las violan porque se lo andaban buscando; cuando nos dicen que la ciudadanía es igualmente responsable que el gobierno ante la situación de violencia que vivimos en México; cuando nos dicen que la corrupción somos todos; y así hasta la nausea.
Cuando nos dicen todo esto y más, en discursos, en la tele, en el radio en los libros de texto, en la casa...y nos lo vamos creyendo, parece inevitable que acabemos sintiendo el síndrome de indefensión adquirida y la desesperanza aprendida.
Hay un dicho anónimo que dice: golpea a tu mujer cada mañana, si no tienes un motivo para hacerlo, ella de seguro lo encontrará.
Y así, con esa culpa introyectada, heredada, plasmada en nuestro ADN, vamos por la vida tragándonos las mentiras que nos quieren hacer creer.
Yo no he podido creerme tanta porquería (no sé por qué, hubiera sido más fácil) cuando me dicen que todas las personas somos responsables de la corrupción y de la impunidad en este País ¡me da una rejurgitación y aquella cosa!
Porque estoy totalmente en desacuerdo. La responsabilidad de los abusos de poder es de aquellas personas que abusan y violentan; tal vez podamos hablar de la forma en que las víctimas de este tipo de sistema cultural tratan de manejarse dentro de una realidad que se antoja inamovible, pero no nos confundamos.
La responsabilidad es de aquellos que maltratan a sus parejas, de aquellos que golpean a sus hijos e hijas, de aquellos que le exigen a sus subordinados una cuota para mantener su chamba, de aquellos que son amigos de criminales y les protegen, de aquellos que aplican las leyes a conveniencia, de aquellos que teniendo el poder de decisión no deciden o deciden de acuerdo a sus intereses, de aquellos que negocian con las tierras de otros, de aquellos que lucran con los cuerpos y las vidas de otras personas, de aquellos que tienen más poder que otros y lo utilizan para lograr sus fines sin importar los medios, de aquellos que quieren seguir mintiendo hasta el final, total, nadie los quiere contradecir para hacer más grave el problema.
Y así, como se ha dicho, todo empieza en casa. Ahí es donde aprendemos a usar el poder personal en una cultura que vanagloria el uso de la violencia y el abuso de poder.
Amplio esta frase con una historia.
Un día, en un lugar lejano, llegó una mujer con tres hijos, dos niñas y un niño, él es el mayor. Llegó la mujer porque el amor de su vida trató de matarla la noche anterior. Toda la noche anduvo deambulando por las calles, hasta que encontró una casa en donde ya antes le habían ofrecido apoyo y protección. Ella quería quedarse ahí, esconderse un rato, para recuperarse y pensar qué es lo que quería hacer. Pero el niño, el mayor, de apenas 11 años, estaba muy enojado, él no quería quedarse en esa casa, no quería esconderse. Cuando la madre le preguntó por qué no, este le respondió sacando un arma: porque si quiere matarme que me mate, pero yo también voy a disparar. Tenía su carita y su cuerpo duro del miedo y de rabia (convinación peligrosa) y solo se le rodaban unas lágrimas que él limpiaba rápidamente de sus mejillas, diciendo que le había caído polvo en los ojos. Empuñaba la pistola. La madre le preguntó que de dónde la había sacado y el chico le confesó que su padre, el que intentó matarla la noche anterior, lo había estado entrenando para se parte de su grupo de sicarios. El niño de apenas 11 años ya sabía distinguir entre diferentes tipos de armas, había aprendido técnicas de tiro sofisticadas, y contó de un lugar a donde lo llevaban junto con los hijos de otros amigos de su padre a entrenar.
Pero no se apuren, esta historia tiene un final feliz, pues el niño se quedó con su madre y decidió que quería estudiar. Y le buscaron una beca para estudiar y ya es un técnico en computación. Y su madre está trabajando y sus hijas son muy exitosas en la escuela. Al padre lo metieron a la cárcel por otros delitos, pues ella nunca se atrevió a denunciarlo porque sabía que tenía muchos amigos en la policía. Por delitos graves, no el de violentar a su familia y educar a sus hijos para el ejercicio de la violencia.
Como les digo, esto pasó en un lugar lejano, donde la vida de las mujeres, de los niños y de las niñas vale lo que pueda valer la mano de obra de una esclava o un sicario. En un lugar lejano en donde la gente se ha creído que no hay forma de cambiar esa realidad que nos dicen que es real porque así es la humanidad, violenta por naturaleza, jodida por naturaleza.
Lo bueno es que esa mujer, ella y yo y muchas otras personas todavía no nos hemos creído que todos tenemos la culpa de la corrupción y de la impunidad que nos afecta y nos quita las ganas de salir a decir que no, no nos merecemos el País que tenemos, que no, no nos gusta que nos maltraten, que no, no nos gusta que nos mientan.
¡Que no! ¡Así no!