A mi a veces me duele el corazón. A veces creo que es de tristeza, pero ultimamente ya no sé si deba ir al cardiólogo.
Y es que mi corazón se anda cansando de tanto oír horrores, de ver gente sufriendo injusticias, de ver gente asesinada, de ver gente con el alma mutilada por el miedo.
O será que he comido mucha grasa y no me he ejercitado constantemente. Tal vez las desveladas. Tal vez tantas emociones juntas y tan contradictorias. Tal vez.
O tal vez es que me hace daño ver tantas noticias, trabajar con víctimas de violencia, pasear en carro por estas calles donde se siente el miedo.
Pienso que es peligroso andar manejando con el alma en un hilo. Si con un mofle descompuesto tengo para que me de el sobresalto y me quede con dolor de cabeza todo el día.
Tal vez es que soy muy nerviosa, o muy sensible, o me estoy haciendo vieja y con la vejez, dicen que se siente cansancio, o tal vez es todo junto.
¿Será que me acabé las dosis de adrenalina que mi cuerpo puede producir? O es que de tanta adrenalina ahora el cuerpo ya ni se inmuta ante su presencia.
Para el caso da igual. Me duele el corazón. Porque después de tantos años trabajando para generar cambios, para que vivamos mejor, para que tengamos comunidades más equitativas, ¿y me salen con esto?
Que el país completito está infestado de criminales, que todas las instituciones gubernamentales y políticas están trabajando para el crimen organizado o para los intereses de las grandes empresas transnacionales. Que ahora hay más pobres que hace 5 años. Que ahora si una mujer pierde un bebé puede ir a la cárcel por aborto espontáneo. Que la violencia que estamos viviendo todavía va a escalar. Que faltan como 10 o 15 años para que salgamos de esto.
Y es que dicen que no se habían dado cuenta. ¿Como pudimos llegar a esto? - preguntan algunos y algunas. Como si no lo hubieran podido prevenir, como si aún ahora no se pudieran realizar acciones efectivas.
Los países que han pasado por esto ya saben el camino: retomar la fuerza y la autoridad moral de las organizaciones ciudadanas con programas exitosos, fortalecerles e impulsarles invirtiendo con ellas, para que la ciudadanía retome sus ciudades, sus pueblos.
El gobierno, todo, no tiene ya autoridad moral, como tampoco la tiene ya ningún partido político. Solo les queda la autoridad formal, si es que no se las arranca a granadazos algún grupo criminal o una turba de gente enfurecida ante su ineptitud y sus abusos.
Son tiempos de guerra. Y se parece tanto a una guerra civil. Porque los militares y los policías están identificados por sus uniformes, pero para ellos, todos y todas somos posibles criminales. Ellos no saben donde están sus enemigos. ¿Es el gobernador y su equipo? o solo parte de su equipo, pero quiénes. ¿Serán los policías municipales o los estatales o todos? ¿Serán esos empresarios, hombres de negocios que lavan dinero? ¿Serán campesinos que encubren y protegen a los narcos dueños del pueblo y de sus tierras y de sus mujeres y de sus niños y niñas?
Y la gente de a pie, la ciudadanía le teme a todos por igual: policías, militares, pobres, ricos, políticos o gobernantes o burócratas en cualquier dependencia.
Si, por eso digo, me duele el corazón, creo que es de tanto pensar intentando encontrar una forma de reconciliar este México enfrentado por la corrupción, la impunidad, la falta de voluntad y quehacer político, por la desconfianza en todos y en todo.
¿Podremos reconciliar lo irreconciliable? ¿Seremos capaces de crear estrategias innovadoras utilizando la autoridad formal junto con la autoridad moral? ¿Nos atreveremos a trabajar juntos y juntas?
Me dormiré, tal vez la almohada me regale alguna buena idea para seguir hilvanando esta utopía. Y tal vez mañana, me deje de doler el corazón.
Y es que mi corazón se anda cansando de tanto oír horrores, de ver gente sufriendo injusticias, de ver gente asesinada, de ver gente con el alma mutilada por el miedo.
O será que he comido mucha grasa y no me he ejercitado constantemente. Tal vez las desveladas. Tal vez tantas emociones juntas y tan contradictorias. Tal vez.
O tal vez es que me hace daño ver tantas noticias, trabajar con víctimas de violencia, pasear en carro por estas calles donde se siente el miedo.
Pienso que es peligroso andar manejando con el alma en un hilo. Si con un mofle descompuesto tengo para que me de el sobresalto y me quede con dolor de cabeza todo el día.
Tal vez es que soy muy nerviosa, o muy sensible, o me estoy haciendo vieja y con la vejez, dicen que se siente cansancio, o tal vez es todo junto.
¿Será que me acabé las dosis de adrenalina que mi cuerpo puede producir? O es que de tanta adrenalina ahora el cuerpo ya ni se inmuta ante su presencia.
Para el caso da igual. Me duele el corazón. Porque después de tantos años trabajando para generar cambios, para que vivamos mejor, para que tengamos comunidades más equitativas, ¿y me salen con esto?
Que el país completito está infestado de criminales, que todas las instituciones gubernamentales y políticas están trabajando para el crimen organizado o para los intereses de las grandes empresas transnacionales. Que ahora hay más pobres que hace 5 años. Que ahora si una mujer pierde un bebé puede ir a la cárcel por aborto espontáneo. Que la violencia que estamos viviendo todavía va a escalar. Que faltan como 10 o 15 años para que salgamos de esto.
Y es que dicen que no se habían dado cuenta. ¿Como pudimos llegar a esto? - preguntan algunos y algunas. Como si no lo hubieran podido prevenir, como si aún ahora no se pudieran realizar acciones efectivas.
Los países que han pasado por esto ya saben el camino: retomar la fuerza y la autoridad moral de las organizaciones ciudadanas con programas exitosos, fortalecerles e impulsarles invirtiendo con ellas, para que la ciudadanía retome sus ciudades, sus pueblos.
El gobierno, todo, no tiene ya autoridad moral, como tampoco la tiene ya ningún partido político. Solo les queda la autoridad formal, si es que no se las arranca a granadazos algún grupo criminal o una turba de gente enfurecida ante su ineptitud y sus abusos.
Son tiempos de guerra. Y se parece tanto a una guerra civil. Porque los militares y los policías están identificados por sus uniformes, pero para ellos, todos y todas somos posibles criminales. Ellos no saben donde están sus enemigos. ¿Es el gobernador y su equipo? o solo parte de su equipo, pero quiénes. ¿Serán los policías municipales o los estatales o todos? ¿Serán esos empresarios, hombres de negocios que lavan dinero? ¿Serán campesinos que encubren y protegen a los narcos dueños del pueblo y de sus tierras y de sus mujeres y de sus niños y niñas?
Y la gente de a pie, la ciudadanía le teme a todos por igual: policías, militares, pobres, ricos, políticos o gobernantes o burócratas en cualquier dependencia.
Si, por eso digo, me duele el corazón, creo que es de tanto pensar intentando encontrar una forma de reconciliar este México enfrentado por la corrupción, la impunidad, la falta de voluntad y quehacer político, por la desconfianza en todos y en todo.
¿Podremos reconciliar lo irreconciliable? ¿Seremos capaces de crear estrategias innovadoras utilizando la autoridad formal junto con la autoridad moral? ¿Nos atreveremos a trabajar juntos y juntas?
Me dormiré, tal vez la almohada me regale alguna buena idea para seguir hilvanando esta utopía. Y tal vez mañana, me deje de doler el corazón.